miércoles, 6 de junio de 2018

Amor

Tenía los ojos más bonitos del mundo y el pelo suave, largo y del color del sol, como el de su madre. La mirada la tenía triste, porque con los años la amargura se le fue enquistando. Yo la intentaba hacer cambiar, porque esa pena no hay quien la aguante. “Anímate, anda, que parece que se te ha muerto alguien”. Pero no me entendía, y lo único que conseguía mirándome aturdida desde el rincón, era ponerme hecho una furia. Y claro, acababa el carro por el pedregal y mi mano directa al cinturón. A mí al final me acababa dando pena, pobrecita. Pero yo lo hacía por su bien, porque no hay nada peor que la desobediencia.

Fue la única que permaneció a mi lado, hasta su último aliento. ¿Que si me quería? Pues digo yo. Si no, ¿de qué se hubiera quedado? La puerta estaba siempre abierta. Sí, claro que me quería. Venía a recibirme siempre que llegaba a casa. Es verdad que la alegría del principio acabó apagándose con el tiempo. Pero eso es normal; nada dura eternamente, y mucho menos los afectos.

Me dio mucha pena tener que enterrarla. Pero ya cualquier cosa que hacía me ponía de los nervios. No, qué tendrán que ver las cervezas que yo me tomara. Se había vuelto vieja, fea y miedosa; estaba mejor muerta que viva. Me saqué el cinturón por última vez y ella, con la resignación de quien acepta su destino, ni siquiera intentó escurrirse. Me miró con una mezcla de adoración y tristeza. Y supe que ella había sido el amor de mi vida.

La enterré en el jardín, entre los dos manzanos, y me colgué su placa en la hebilla del cinturón.

martes, 22 de mayo de 2018

Caídas

Fi​el, creyente,​ lacayo​.
He sido tu esclavo​,​
​h​e cantado tus salmos​,​
​confiado en tus manos.

De aquí para allá
​m​atando dragones,
​salvando a las almas,
​cantando canciones​.​
​Hiriendo enemigos,
​cumpliendo tus juicios.

Protector, custodio, mensajero,
recolector de almas, transmisor de tus palabras.
Portador de luz, pureza, castidad...

Soledad.
Desamparo.
Nostalgia.
Frialdad.

"Y en verdad os digo que ascenderán a mi lado,
y serán legión celeste.
Hermosos, perfectos y asexuados,
sin entregar su alma a los mundanos placeres."

​Y mira, no. Por ahí ya no paso.
Te sigo, te sirvo, te halago, te alabo.
¿Pero eterna castidad? Menuda crueldad.

Y yo expulsado, sin alas​.​
Desterrado.
Caído.
Desde las tinieblas,​
imperfecto pero​ ​acompañado,
yo​ te maldigo.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Desórdenes

Todas las mañanas salen como un reloj, puntuales al segundo, del extremo A, sale de una puerta vieja de un edificio alto, una maraña de ondas morenas, con ojeras largas y sonrisa torcida, que arrastra los pies escalera abajo, con la ropa impoluta, planchada y pulcra, porque estar triste no está reñido con el buen gusto y la elegancia, lo que lleva, ya depende del día, unos días de marrón y otros de negro, unos días con paraguas y otros con gafas de sol, lleva pasos largos, eso siempre, que tiene prisa porque llega tarde, aunque allá adonde llega, no quiere ir, van los pasos por la misma ruta, eso siempre, que la suerte es caprichosa, y la mala suerte más, y evita así zonas de gatos (negros), zonas de andamios y rayas de baldosas, cuando llega al destino, todos esperan planificación detallada y órdenes firmes disparadas desde las ojeras largas y la sonrisa torcida.

Del otro extremo, el B, sale de una puerta roja de una casa urbana, un flequillo rubio y largo, con la cara lavada y la mente limpia, que avanza con pies ligeros y saluda a la portera, Buenos días, doña Luisa, y saluda al vecino, Buenos días, Paco, cómo estás, ha venido ya tu madre, y los niños cómo están, qué va, si son un encanto, Paco, que tengas un buen día, Paco, pasea B algo de desaliño, que aunque parece premeditado para encajar en las actuales corrientes de descuido estudiado, es debido a la alegre despreocupación de su existencia fácil, le compra a don Julián un diario y unos chicles, Buenos días, Julián, lo de siempre, Julián, muchas gracias, Julián, siempre sigue el mismo rumbo, aunque nunca llega a ninguna parte, porque no hay nadie que le espere, excepto doña Luisa, don Paco y don Julián.

Todas las mañanas, se cruzan en el mismo punto, precisión al milímetro, si se levantaran las vistas, si se fijaran las atenciones, si se olvidaran las pantallas, podrían verse, podrían conocerse, podrían reconocerse, podrían acercarse, equilibrarse, volverse imprescindibles, podrían quererse, dejarse querer, dejar de quererse, y despedirse, pero las vistas no se levantan, las atenciones no se fijan y no se olvidan las pantallas, y acaba A llegando al destino donde le desesperan y B llegando a ningún sitio donde nadie le espera.

Normalmente.

Hoy doña Luisa está acatarrada, el señor Paco tiene malo al chico y don Julián no tiene cambio de diez, se descuadran las precisiones, se desordenan los universos y las miradas se encuentran, Disculpe, le conozco yo de algo, Claro, yo te conozco de siempre.

viernes, 23 de marzo de 2018

Café frío



Una hora lleva mareando el café. Yo he entrado en histeria porque no sé qué se está cociendo. Le detesto con pasión, y me he quitado de encima un buen muerto al decírselo. Pero… a cada giro de cuchara se me ablanda el odio. Él fija su mirada en un punto invisible. ¿Habrán sentimientos en ese corazón frío? Al milésimo “quiti-clinc” ya me estoy arrepintiendo. Me acerco, me siento, le miro. Le cojo la mano. Vuelve a la habitación su conciencia y me fulmina con su habitual encanto. “¡Hijaputa!”. Espero que la hijoputez me quepa en la maleta roja.

jueves, 15 de marzo de 2018

La Paqui

–¿Pues no que la Paqui me ha llamao puta?

–¿La Paqui? ¿Qué Paqui?

–Coño, Encarna, la Paqui. La del pueblo.

–¿Qué Paqui “la del pueblo”? ¡Si en el pueblo no había paquis!

–¡Cuidao, la tía! ¡Cómo que no había paquis? La de la carnicería, Encarna. La de la calle Mayor. Que hacía chaflán con la calle Cuenca. Aquella que era vecina de la mama, que no se podían ni ver. Que le fue diciendo a todo el pueblo que el tío Paco se la miraba. ¡Ya ves tú, pobre tío Paco! Un santo, toda la vida sin conocer hembra. La Paqui, Encarna, la Paqui.

–Ay chica, no caigo.

–¡Será posible! Aquella que tuvo dos chicos, más tontos que Pichote. Que se paseaban con las vacas por dentro el pueblo. Aquel pequeño, que se metió a cura. Y el otro, el grande, que se casó con la Angelines y le dejó por tonto. Pero si se comentó en toda la comarca, Encarna, ¿no te acuerdas?

–…

–Que sí, que el padre tenía una tienda de ultramarinos en la calle Huesca. Que se las daban de grandes y no les daba ni para pipas. Que se compró aquel señor un dos caballos que se quedó tieso pa toda la vida. Y se paseaban los domingos por la plaza del pueblo, que antes se quedaban sin comer que sin presumir. Aquel que se decía que le arreaba.

–¿A la Paqui?

–¡No! ¡A la madre! Que se conoce además que aquel hombre tenía querida, que se veían en la tienda, en el trastero. Que iba la mujer con la cabeza bien alta y los cuernos bien puestos, la madre de la Paqui. La Paqui, Encarna, la Paqui.

–Ay mira, ¡que no sé quién dices! ¿Pero esa señora de qué te llama a ti puta?

–¡Señora! ¿Pues no va diciendo la mamarracha que tengo un lío con su marido?

–¿Con su marido?

–Sí, con el Jaime.

–¿El Jaime? ¿Qué Jaime?

domingo, 4 de marzo de 2018

La edad del loro

¿Sabes de esas familias que te enseñan en los anuncios? De las que piensas que no existen. Pues así eran ellos: perfectos. Su gran caserón blanco de dos pisos se levantaba en lo alto del barrio. De ventanales amplios y claraboyas en el techo. De esas casas que, no se sabe cómo, son modernas pero cálidas, de las que salen en las revistas, el después de una reforma sorpresa de la tele. La luz invadía cada habitación, y el amplio jardín acogía un huerto, varios columpios y una piscina con niveles, de esas con cascada.

Al contrario de lo que puedas pensar, eran gente sencilla. Sencilla de corazón, ojo, porque el bolsillo lo tenían bien lleno. Pero no presumían, ¿sabes? Ni tenían los aires de superioridad con los que se suele tratar al servicio. Éramos el jardinero y yo, que me encargaba de la limpieza y lo fogones. El señor era… Bueno, trabajaba con dinero, nunca entendí muy bien lo que hacía. Pero vestía corbata y cargaba un maletín. No sé cómo sería en su despacho, pero en la casa era amable y risueño. La señora era galerista. Compraba y vendía cuadros en una galería de arte. De esos cuadros que se pagan en tres vidas de tu sueldo y cinco del mío. Simpática, cercana, siempre dispuesta a ayudarme. Cuando tuve problemas de dinero, fueron ellos los que me sacaron del agujero.

Y luego estaba el chico. Le conocí cuando era un retaco. Un niño rubio, guapísimo, además de cariñoso. Te ganaba enseguida porque era muy salao. Tenía energía pero no era travieso, y se le daba bien el cole, tenía un buen coco. Fue creciendo y se fue haciendo más guapo, más listo y más hombre

Ya lo ves, chica, perfectos. Solo les faltaba el perro. No, perro no tenían. Pero el chico tenía un lorito. Curro. No callaba el pobre, todo el día dando la tabarra. Tenía unas increíbles plumas de colores, brillantes y llamativas. El chico lo cuidaba mucho, iba siempre con él en el hombro, como un pirata. Y no se iba volando, ¿eh? ¡Fíjate! Todo el día suelto y prefería quedarse en la casa. Se entiende, la verdad. Eran días felices y todos estábamos muy a gusto en ella.

Pero algo se torció, ¿sabes? Yo no sé exactamente qué pasó, y creo que los señores tampoco. Fue de un día para otro. Aunque claro, estas cosas… Uno no se fija en los pequeños cambios hasta que no le estallan en la cara. Yo me di cuenta un día en que me hizo un desplante. Algo sobre la comida, no me acuerdo. Se puso chulo y nos enzarzamos. Terminó dándome un manotazo que me dejó de piedra, porque ese niño… ¡pero si era un cielo! En ese momento culpé a la edad y le quité importancia. Son épocas muy malas, ¿sabes? Muchos cambios. Pero empecé a poner el ojo y me di cuenta de otras cosas. Estaba ojeroso, había perdido su sonrisa. Tenía siempre cara de cansado y no se podía hablar con él, todo eran desprecios. Empezó a contestar a los señores y terminó por levantarles la mano. A su padre, a su madre. Incluso a mí. Recuerdo a la señora llorando desconsolada, intentando desesperadamente recuperar la felicidad de anuncio. Pero nadie sabía lo que pasaba, por más que lo intentaban. A duras penas sabían si el muchacho entraba o salía. Estaba cada vez más chupao, un palo de escoba. Hasta menos rubio le veía yo. Abandonó al loro, no le hacía ni caso. Tenía que encargarme yo de su comida, porque andaba famélico el pobre. Vagaba por la casa, desubicado. Al principio le llamaba con desepero, pero dejó de hacerlo y nunca más supimos qué voz tenía el Curro. Se le cayeron las plumas. ¡Qué lástima de bicho, todo calvo!

En fin, que un día estaba yo limpiando cristales, frotando la vidriera de la entrada que da al porche cuando apareció la moto del chico quemando rueda. ¡Iba como un loco, oye! Y juraría que haciendo eses. Dejó la moto en la calle y entró en la casa escopeteado. Iba sudando como un pollo. Me dio tiempo a ver que llevaba un descosido en el hombro de la chaqueta y con una mano se agarraba el codo. Salí a ver la moto. Tenía el faro roto y el retrovisor colgando. En los restos del faro había una mancha roja, pero no me dio tiempo a tocarla para saber qué era. Volvió a salir volando, con otra chaqueta, una bolsa de deporte y la cara lavada. Me apartó de un manotazo, se subió a la moto a toda prisa y desapareció al final de la calle. Fue la última vez que le vi. Bueno, que le vimos. A partir de ahí: policía, preguntas y lloros, muchos lloros. Del chico, ni rastro. En su habitación estaban sus cosas. Todas menos la bolsa.

Se acabó la perfección, el caserón blanco y la familia de anuncio. Yo perdí mi trabajo, claro. Y con el tiempo, también el contacto con los señores.

¿Curro? ¡Ay, pobre bicho! Al día siguiente a la fuga amaneció muerto en su jaula.

viernes, 23 de febrero de 2018

El desenlace

–Maestra mentora, ¿cuál es la clave de la salvación?

La voz la saca bruscamente de sus pensamientos. Sorprendida, aparta su puro y levanta la vista. Ahí está él, diario en mano, con mirada suplicante y aspecto derrotado. “Por fin”, piensa ella, “el momento que tanto he esperado”. En cuclillas, juega distraídamente con el cigarro mientras observa su cara y, de reojo, sus manos.

Lleva tanto tiempo siguiéndole que conoce sus gestos y sabe que hoy, agotado, por fin se ha rendido. Ella ha estado a punto de conseguirlo muchas otras veces, pero nunca ha podido alcanzarle. Él es ágil y ella es vieja. Aunque no tanto como aparenta. La búsqueda le ha ajado la frente y encorvado la espalda, dándole aspecto de anciana flaca, arrugada y enclenque. Pero esto no le preocupa. De hecho, es una ventaja, la torna invisible a los ojos ajenos; con ropa andrajosa y cargando su bolsa, su puro y su plato, se oculta entre fieles, turistas y monjes.

Hoy, también ella ha dudado. Le ha seguido hasta el templo de muros blancos y arcos infinitos. Corriendo descalza peldaños arriba, estira la mano, sus dedos lo rozan. Ha estado tan cerca… Pero el guardia del templo la coge del pelo y la estira hacia fuera. Enfadado, masculla reniegos. “Mujeres”, “prohibidas”, “sagrados”… Ella no escucha. “¿Y si el sabio excéntrico de túnica roja se equivoca?”, piensa. “¿Y si no hay guía, heroína o tesoros? ¿Y si no hay pócima, secretos ni magia?”. El guardia la suelta en la entrada. “Ladies are not allowed to enter”, reza el cartel de su izquierda. Se enciende otro puro y se centra en sus dudas.

–Maestra mentora, ¿cuál es la clave de la salvación?

Se levanta, y con paso firme, se acerca al muchacho. Da una fuerte calada al puro y se inclina hacia el insolente. Por toda respuesta, un exhalo de humo negro, que envuelve al viajero en la oscuridad momentánea. El humo se queda y la anciana se aleja.

Tal como pidió el sabio excéntrico, abandona la bolsa que carga sus bienes:. “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que alcanzar el nirvana con pesos tangibles. No sufras, hija mía, te enriqueceré el alma y te aligeraré el bolsillo.”

Ya menos ajada, menos enclenque y con menos arrugas, emprende el camino de vuelta a su casa. Liviana, hojea las claves del maltrecho diario.