miércoles, 4 de julio de 2018

Blanc

–...
–…

El foco a sus espaldas lo inunda todo de una luz blanca y cegadora, absorbe toda la realidad que hasta hace un minuto nos rodeaba, y convierte la escena en un recurso fácil de una peli cutre de sobremesa. Y ahí estoy yo, en la peli cutre de sobremesa, con un silencio denso y expectante que lo impregna todo. Si la nada existe, es aquí y es ahora. Blanca. A ella no la veo, pero intuyo sus formas. En la claridad flotan sus ojos, penetrantes y afilados, sus rizos claros y sus labios, que aunque todavía muestran dientes de una sonrisa reciente, van mudando en una mueca intranquila y gélida.

Me transporta a mis viajes, a mi época de excursiones en montañas nevadas, donde alrededor solo había silencio y hielo. Donde no había flores, ni orquestas ni invitados ni compromisos. No había canciones, ni invitaciones, ni tartas, ni obligaciones. Solo yo. Solo mis pisadas en la alfombra blanca que cubría el camino hacia el destino.

Pero ella, calculadora y fría, me trajo hasta la nada. Me arrancó poco a poco, todas mis ilusiones, imponiéndome las suyas. Velos, lirios, tules y rasos. Y me dejó aquí solo, en medio de una multitud vacía que no quiere estar pero que nunca se irá, con discursos de amor huecos y murmullos rencorosos de quien quiere imponer a otros la desgracia que escogieron vivir.

Y en medio de esta pureza, impuesta y postiza, de su mirada insistente frente a esta ceguera blanca, decido responder con la única palabra que podrá devolver el color a mi vida, pálida y transparente.

–No.

martes, 26 de junio de 2018

Llanto a llanto

Tu inquietud me hace pensar
en las aves de paso que se estrellan
contra los faros en las noches de tormenta:
seguros de haber encontrado
la luz del norte,
condenados a la eterna oscuridad
de las profundidades.
Los ojos claros, desde donde se asoman
las tinieblas de tu esencia,
son mi guía en la negrura.
De donde yo bebo mi paz,
emanan tu angustia y tus monstruos
marinos.
Ojalá pudieras
ver tu luz a través de mis ojos negros,
porque entenderías cuán falsas
son tus certezas
y cuanta risa te pierdes
llanto
a llanto.
Y quizá yo entendería por qué
te precipitas
paso
a paso
hacia el final de la cornisa,
desde donde puedes volar con una pequeña zancada
hacia el fondo
sosegando tu inquietud.
Me haces pensar en las aves, de paso,
que se estrellan contra los faros,
en las noches de tormenta.

miércoles, 6 de junio de 2018

Amor

Tenía los ojos más bonitos del mundo y el pelo suave, largo y del color del sol, como el de su madre. La mirada la tenía triste, porque con los años la amargura se le fue enquistando. Yo la intentaba hacer cambiar, porque esa pena no hay quien la aguante. “Anímate, anda, que parece que se te ha muerto alguien”. Pero no me entendía, y lo único que conseguía mirándome aturdida desde el rincón, era ponerme hecho una furia. Y claro, acababa el carro por el pedregal y mi mano directa al cinturón. A mí al final me acababa dando pena, pobrecita. Pero yo lo hacía por su bien, porque no hay nada peor que la desobediencia.

Fue la única que permaneció a mi lado, hasta su último aliento. ¿Que si me quería? Pues digo yo. Si no, ¿de qué se hubiera quedado? La puerta estaba siempre abierta. Sí, claro que me quería. Venía a recibirme siempre que llegaba a casa. Es verdad que la alegría del principio acabó apagándose con el tiempo. Pero eso es normal; nada dura eternamente, y mucho menos los afectos.

Me dio mucha pena tener que enterrarla. Pero ya cualquier cosa que hacía me ponía de los nervios. No, qué tendrán que ver las cervezas que yo me tomara. Se había vuelto vieja, fea y miedosa; estaba mejor muerta que viva. Me saqué el cinturón por última vez y ella, con la resignación de quien acepta su destino, ni siquiera intentó escurrirse. Me miró con una mezcla de adoración y tristeza. Y supe que ella había sido el amor de mi vida.

La enterré en el jardín, entre los dos manzanos, y me colgué su placa en la hebilla del cinturón.

martes, 22 de mayo de 2018

Caídas

Fi​el, creyente,​ lacayo​.
He sido tu esclavo​,​
​h​e cantado tus salmos​,​
​confiado en tus manos.

De aquí para allá
​m​atando dragones,
​salvando a las almas,
​cantando canciones​.​
​Hiriendo enemigos,
​cumpliendo tus juicios.

Protector, custodio, mensajero,
recolector de almas, transmisor de tus palabras.
Portador de luz, pureza, castidad...

Soledad.
Desamparo.
Nostalgia.
Frialdad.

"Y en verdad os digo que ascenderán a mi lado,
y serán legión celeste.
Hermosos, perfectos y asexuados,
sin entregar su alma a los mundanos placeres."

​Y mira, no. Por ahí ya no paso.
Te sigo, te sirvo, te halago, te alabo.
¿Pero eterna castidad? Menuda crueldad.

Y yo expulsado, sin alas​.​
Desterrado.
Caído.
Desde las tinieblas,​
imperfecto pero​ ​acompañado,
yo​ te maldigo.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Desórdenes

Todas las mañanas salen como un reloj, puntuales al segundo, del extremo A, sale de una puerta vieja de un edificio alto, una maraña de ondas morenas, con ojeras largas y sonrisa torcida, que arrastra los pies escalera abajo, con la ropa impoluta, planchada y pulcra, porque estar triste no está reñido con el buen gusto y la elegancia, lo que lleva, ya depende del día, unos días de marrón y otros de negro, unos días con paraguas y otros con gafas de sol, lleva pasos largos, eso siempre, que tiene prisa porque llega tarde, aunque allá adonde llega, no quiere ir, van los pasos por la misma ruta, eso siempre, que la suerte es caprichosa, y la mala suerte más, y evita así zonas de gatos (negros), zonas de andamios y rayas de baldosas, cuando llega al destino, todos esperan planificación detallada y órdenes firmes disparadas desde las ojeras largas y la sonrisa torcida.

Del otro extremo, el B, sale de una puerta roja de una casa urbana, un flequillo rubio y largo, con la cara lavada y la mente limpia, que avanza con pies ligeros y saluda a la portera, Buenos días, doña Luisa, y saluda al vecino, Buenos días, Paco, cómo estás, ha venido ya tu madre, y los niños cómo están, qué va, si son un encanto, Paco, que tengas un buen día, Paco, pasea B algo de desaliño, que aunque parece premeditado para encajar en las actuales corrientes de descuido estudiado, es debido a la alegre despreocupación de su existencia fácil, le compra a don Julián un diario y unos chicles, Buenos días, Julián, lo de siempre, Julián, muchas gracias, Julián, siempre sigue el mismo rumbo, aunque nunca llega a ninguna parte, porque no hay nadie que le espere, excepto doña Luisa, don Paco y don Julián.

Todas las mañanas, se cruzan en el mismo punto, precisión al milímetro, si se levantaran las vistas, si se fijaran las atenciones, si se olvidaran las pantallas, podrían verse, podrían conocerse, podrían reconocerse, podrían acercarse, equilibrarse, volverse imprescindibles, podrían quererse, dejarse querer, dejar de quererse, y despedirse, pero las vistas no se levantan, las atenciones no se fijan y no se olvidan las pantallas, y acaba A llegando al destino donde le desesperan y B llegando a ningún sitio donde nadie le espera.

Normalmente.

Hoy doña Luisa está acatarrada, el señor Paco tiene malo al chico y don Julián no tiene cambio de diez, se descuadran las precisiones, se desordenan los universos y las miradas se encuentran, Disculpe, le conozco yo de algo, Claro, yo te conozco de siempre.

viernes, 23 de marzo de 2018

Café frío



Una hora lleva mareando el café. Yo he entrado en histeria porque no sé qué se está cociendo. Le detesto con pasión, y me he quitado de encima un buen muerto al decírselo. Pero… a cada giro de cuchara se me ablanda el odio. Él fija su mirada en un punto invisible. ¿Habrán sentimientos en ese corazón frío? Al milésimo “quiti-clinc” ya me estoy arrepintiendo. Me acerco, me siento, le miro. Le cojo la mano. Vuelve a la habitación su conciencia y me fulmina con su habitual encanto. “¡Hijaputa!”. Espero que la hijoputez me quepa en la maleta roja.

jueves, 15 de marzo de 2018

La Paqui

–¿Pues no que la Paqui me ha llamao puta?

–¿La Paqui? ¿Qué Paqui?

–Coño, Encarna, la Paqui. La del pueblo.

–¿Qué Paqui “la del pueblo”? ¡Si en el pueblo no había paquis!

–¡Cuidao, la tía! ¡Cómo que no había paquis? La de la carnicería, Encarna. La de la calle Mayor. Que hacía chaflán con la calle Cuenca. Aquella que era vecina de la mama, que no se podían ni ver. Que le fue diciendo a todo el pueblo que el tío Paco se la miraba. ¡Ya ves tú, pobre tío Paco! Un santo, toda la vida sin conocer hembra. La Paqui, Encarna, la Paqui.

–Ay chica, no caigo.

–¡Será posible! Aquella que tuvo dos chicos, más tontos que Pichote. Que se paseaban con las vacas por dentro el pueblo. Aquel pequeño, que se metió a cura. Y el otro, el grande, que se casó con la Angelines y le dejó por tonto. Pero si se comentó en toda la comarca, Encarna, ¿no te acuerdas?

–…

–Que sí, que el padre tenía una tienda de ultramarinos en la calle Huesca. Que se las daban de grandes y no les daba ni para pipas. Que se compró aquel señor un dos caballos que se quedó tieso pa toda la vida. Y se paseaban los domingos por la plaza del pueblo, que antes se quedaban sin comer que sin presumir. Aquel que se decía que le arreaba.

–¿A la Paqui?

–¡No! ¡A la madre! Que se conoce además que aquel hombre tenía querida, que se veían en la tienda, en el trastero. Que iba la mujer con la cabeza bien alta y los cuernos bien puestos, la madre de la Paqui. La Paqui, Encarna, la Paqui.

–Ay mira, ¡que no sé quién dices! ¿Pero esa señora de qué te llama a ti puta?

–¡Señora! ¿Pues no va diciendo la mamarracha que tengo un lío con su marido?

–¿Con su marido?

–Sí, con el Jaime.

–¿El Jaime? ¿Qué Jaime?