viernes, 23 de marzo de 2018

Café frío



Una hora lleva mareando el café. Yo he entrado en histeria porque no sé qué se está cociendo. Le detesto con pasión, y me he quitado de encima un buen muerto al decírselo. Pero… a cada giro de cuchara se me ablanda el odio. Él fija su mirada en un punto invisible. ¿Habrán sentimientos en ese corazón frío? Al milésimo “quiti-clinc” ya me estoy arrepintiendo. Me acerco, me siento, le miro. Le cojo la mano. Vuelve a la habitación su conciencia y me fulmina con su habitual encanto. “¡Hijaputa!”. Espero que la hijoputez me quepa en la maleta roja.

jueves, 15 de marzo de 2018

La Paqui

–¿Pues no que la Paqui me ha llamao puta?

–¿La Paqui? ¿Qué Paqui?

–Coño, Encarna, la Paqui. La del pueblo.

–¿Qué Paqui “la del pueblo”? ¡Si en el pueblo no había paquis!

–¡Cuidao, la tía! ¡Cómo que no había paquis? La de la carnicería, Encarna. La de la calle Mayor. Que hacía chaflán con la calle Cuenca. Aquella que era vecina de la mama, que no se podían ni ver. Que le fue diciendo a todo el pueblo que el tío Paco se la miraba. ¡Ya ves tú, pobre tío Paco! Un santo, toda la vida sin conocer hembra. La Paqui, Encarna, la Paqui.

–Ay chica, no caigo.

–¡Será posible! Aquella que tuvo dos chicos, más tontos que Pichote. Que se paseaban con las vacas por dentro el pueblo. Aquel pequeño, que se metió a cura. Y el otro, el grande, que se casó con la Angelines y le dejó por tonto. Pero si se comentó en toda la comarca, Encarna, ¿no te acuerdas?

–…

–Que sí, que el padre tenía una tienda de ultramarinos en la calle Huesca. Que se las daban de grandes y no les daba ni para pipas. Que se compró aquel señor un dos caballos que se quedó tieso pa toda la vida. Y se paseaban los domingos por la plaza del pueblo, que antes se quedaban sin comer que sin presumir. Aquel que se decía que le arreaba.

–¿A la Paqui?

–¡No! ¡A la madre! Que se conoce además que aquel hombre tenía querida, que se veían en la tienda, en el trastero. Que iba la mujer con la cabeza bien alta y los cuernos bien puestos, la madre de la Paqui. La Paqui, Encarna, la Paqui.

–Ay mira, ¡que no sé quién dices! ¿Pero esa señora de qué te llama a ti puta?

–¡Señora! ¿Pues no va diciendo la mamarracha que tengo un lío con su marido?

–¿Con su marido?

–Sí, con el Jaime.

–¿El Jaime? ¿Qué Jaime?

domingo, 4 de marzo de 2018

La edad del loro

¿Sabes de esas familias que te enseñan en los anuncios? De las que piensas que no existen. Pues así eran ellos: perfectos. Su gran caserón blanco de dos pisos se levantaba en lo alto del barrio. De ventanales amplios y claraboyas en el techo. De esas casas que, no se sabe cómo, son modernas pero cálidas, de las que salen en las revistas, el después de una reforma sorpresa de la tele. La luz invadía cada habitación, y el amplio jardín acogía un huerto, varios columpios y una piscina con niveles, de esas con cascada.

Al contrario de lo que puedas pensar, eran gente sencilla. Sencilla de corazón, ojo, porque el bolsillo lo tenían bien lleno. Pero no presumían, ¿sabes? Ni tenían los aires de superioridad con los que se suele tratar al servicio. Éramos el jardinero y yo, que me encargaba de la limpieza y lo fogones. El señor era… Bueno, trabajaba con dinero, nunca entendí muy bien lo que hacía. Pero vestía corbata y cargaba un maletín. No sé cómo sería en su despacho, pero en la casa era amable y risueño. La señora era galerista. Compraba y vendía cuadros en una galería de arte. De esos cuadros que se pagan en tres vidas de tu sueldo y cinco del mío. Simpática, cercana, siempre dispuesta a ayudarme. Cuando tuve problemas de dinero, fueron ellos los que me sacaron del agujero.

Y luego estaba el chico. Le conocí cuando era un retaco. Un niño rubio, guapísimo, además de cariñoso. Te ganaba enseguida porque era muy salao. Tenía energía pero no era travieso, y se le daba bien el cole, tenía un buen coco. Fue creciendo y se fue haciendo más guapo, más listo y más hombre

Ya lo ves, chica, perfectos. Solo les faltaba el perro. No, perro no tenían. Pero el chico tenía un lorito. Curro. No callaba el pobre, todo el día dando la tabarra. Tenía unas increíbles plumas de colores, brillantes y llamativas. El chico lo cuidaba mucho, iba siempre con él en el hombro, como un pirata. Y no se iba volando, ¿eh? ¡Fíjate! Todo el día suelto y prefería quedarse en la casa. Se entiende, la verdad. Eran días felices y todos estábamos muy a gusto en ella.

Pero algo se torció, ¿sabes? Yo no sé exactamente qué pasó, y creo que los señores tampoco. Fue de un día para otro. Aunque claro, estas cosas… Uno no se fija en los pequeños cambios hasta que no le estallan en la cara. Yo me di cuenta un día en que me hizo un desplante. Algo sobre la comida, no me acuerdo. Se puso chulo y nos enzarzamos. Terminó dándome un manotazo que me dejó de piedra, porque ese niño… ¡pero si era un cielo! En ese momento culpé a la edad y le quité importancia. Son épocas muy malas, ¿sabes? Muchos cambios. Pero empecé a poner el ojo y me di cuenta de otras cosas. Estaba ojeroso, había perdido su sonrisa. Tenía siempre cara de cansado y no se podía hablar con él, todo eran desprecios. Empezó a contestar a los señores y terminó por levantarles la mano. A su padre, a su madre. Incluso a mí. Recuerdo a la señora llorando desconsolada, intentando desesperadamente recuperar la felicidad de anuncio. Pero nadie sabía lo que pasaba, por más que lo intentaban. A duras penas sabían si el muchacho entraba o salía. Estaba cada vez más chupao, un palo de escoba. Hasta menos rubio le veía yo. Abandonó al loro, no le hacía ni caso. Tenía que encargarme yo de su comida, porque andaba famélico el pobre. Vagaba por la casa, desubicado. Al principio le llamaba con desepero, pero dejó de hacerlo y nunca más supimos qué voz tenía el Curro. Se le cayeron las plumas. ¡Qué lástima de bicho, todo calvo!

En fin, que un día estaba yo limpiando cristales, frotando la vidriera de la entrada que da al porche cuando apareció la moto del chico quemando rueda. ¡Iba como un loco, oye! Y juraría que haciendo eses. Dejó la moto en la calle y entró en la casa escopeteado. Iba sudando como un pollo. Me dio tiempo a ver que llevaba un descosido en el hombro de la chaqueta y con una mano se agarraba el codo. Salí a ver la moto. Tenía el faro roto y el retrovisor colgando. En los restos del faro había una mancha roja, pero no me dio tiempo a tocarla para saber qué era. Volvió a salir volando, con otra chaqueta, una bolsa de deporte y la cara lavada. Me apartó de un manotazo, se subió a la moto a toda prisa y desapareció al final de la calle. Fue la última vez que le vi. Bueno, que le vimos. A partir de ahí: policía, preguntas y lloros, muchos lloros. Del chico, ni rastro. En su habitación estaban sus cosas. Todas menos la bolsa.

Se acabó la perfección, el caserón blanco y la familia de anuncio. Yo perdí mi trabajo, claro. Y con el tiempo, también el contacto con los señores.

¿Curro? ¡Ay, pobre bicho! Al día siguiente a la fuga amaneció muerto en su jaula.

viernes, 23 de febrero de 2018

El desenlace

–Maestra mentora, ¿cuál es la clave de la salvación?

La voz la saca bruscamente de sus pensamientos. Sorprendida, aparta su puro y levanta la vista. Ahí está él, diario en mano, con mirada suplicante y aspecto derrotado. “Por fin”, piensa ella, “el momento que tanto he esperado”. En cuclillas, juega distraídamente con el cigarro mientras observa su cara y, de reojo, sus manos.

Lleva tanto tiempo siguiéndole que conoce sus gestos y sabe que hoy, agotado, por fin se ha rendido. Ella ha estado a punto de conseguirlo muchas otras veces, pero nunca ha podido alcanzarle. Él es ágil y ella es vieja. Aunque no tanto como aparenta. La búsqueda le ha ajado la frente y encorvado la espalda, dándole aspecto de anciana flaca, arrugada y enclenque. Pero esto no le preocupa. De hecho, es una ventaja, la torna invisible a los ojos ajenos; con ropa andrajosa y cargando su bolsa, su puro y su plato, se oculta entre fieles, turistas y monjes.

Hoy, también ella ha dudado. Le ha seguido hasta el templo de muros blancos y arcos infinitos. Corriendo descalza peldaños arriba, estira la mano, sus dedos lo rozan. Ha estado tan cerca… Pero el guardia del templo la coge del pelo y la estira hacia fuera. Enfadado, masculla reniegos. “Mujeres”, “prohibidas”, “sagrados”… Ella no escucha. “¿Y si el sabio excéntrico de túnica roja se equivoca?”, piensa. “¿Y si no hay guía, heroína o tesoros? ¿Y si no hay pócima, secretos ni magia?”. El guardia la suelta en la entrada. “Ladies are not allowed to enter”, reza el cartel de su izquierda. Se enciende otro puro y se centra en sus dudas.

–Maestra mentora, ¿cuál es la clave de la salvación?

Se levanta, y con paso firme, se acerca al muchacho. Da una fuerte calada al puro y se inclina hacia el insolente. Por toda respuesta, un exhalo de humo negro, que envuelve al viajero en la oscuridad momentánea. El humo se queda y la anciana se aleja.

Tal como pidió el sabio excéntrico, abandona la bolsa que carga sus bienes:. “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que alcanzar el nirvana con pesos tangibles. No sufras, hija mía, te enriqueceré el alma y te aligeraré el bolsillo.”

Ya menos ajada, menos enclenque y con menos arrugas, emprende el camino de vuelta a su casa. Liviana, hojea las claves del maltrecho diario.

jueves, 8 de febrero de 2018

El mentor

Derrotado, relee las anotaciones del maltrecho diario. Es aquí, tiene que serlo. 

“Arcos concéntricos, peldaños blancos y puntas al cielo,
al sabio excéntrico hallarás a tu flanco y guiará tus anhelos.”

Ha seguido todos los pasos, del derecho y del revés, y todos conducen hasta aquí: la pagoda de muros blancos y arcos infinitos, donde cientos de fieles pasean sus almas y entonan sus cantos. ¿Pero cómo va a reconocer al sabio entre tantos hombres? Solo él tiene la clave que busca. Observa a su alrededor: fieles, mendigos, turistas y guías. Y monjes. Un momento… ¡Monjes! Le parece tan obvio que sonríe ante su torpeza, mientras se acerca a un hombre con túnica roja:

–Maestro mentor, ¿cuál es la clave de la salvación?

El monje piensa.

–El amor.

No, está claro que este señor no es el mentor. Gira sobre sus pies, hay cientos de monjes. ¿Cuál es el criterio? ¿Los más viejos? ¿Los más serios? ¿Los que entran? ¿Los que salen? Deambula entre ellos buscando el secreto.

–Maestro mentor, ¿cuál es la clave de la salvación?
–No pidas una vida más fácil, pide ser una persona más fuerte.
–Aprender sin pensar es inútil. Pensar sin aprender es peligroso. 
–El talento se educa en la calma, el carácter en la tempestad.

Agotado, sale del templo y se derrumba frente a la entrada. No tiene más que frases baratas y pies cansados. Digiere la derrota con la cara entre las manos, mientras un tufo a puro le invade la angustia. Tras la nube de humo: un plato, unas monedas, un cigarro y una anciana. “Ladies are not allowed to enter”, reza el cartel de su izquierda. En cuclillas, la vieja le observa con expresión socarrona. No puede ser… Su aspecto, andrajoso y enjuto, no parece albergar grandes ciencias. Lo prueba.

–Maestra mentora, ¿cuál es la clave de la salvación?

La mujer se levanta y con paso firme, se acerca. Da una fuerte calada al puro y se inclina hacia el insolente. Por toda respuesta, un exhalo de humo negro. El humo se queda y la anciana se aleja.

Atónito y decepcionado, el explorador se prepara para asumir la derrota cuando un destello le ciega desde una bolsa amarilla, abandonada junto al cartel, las monedas y el plato.

viernes, 2 de febrero de 2018

A sangre caliente

Beverly está a punto de perder los papeles, y eso no es bueno. Una señorita decente debe mantener la compostura. Su padre que, como hombre que es, tiene el derecho (incluso el deber) de decir lo que piensa cuando y como quiere, tiene la vena de la frente hinchada. Y eso tampoco es bueno.

Su familia era odiosa a sus ojos y perfecta a los de los demás. Esa perfección almidonada de los anuncios de cereales. Herbert era un cabeza de familia honrado y trabajador, hecho a sí mismo, siempre dispuesto a prestar ayuda a sus vecinos y aportaciones a la comunidad. De él decían que era “un hombre justo, abstemio, recto y religioso”, “y con la mano muy diestra para el uso del cinturón”, añadía Beverly mentalmente. Bonnie, hacía ya tiempo que había dejado de ser. Madre, mujer y persona, por este orden. Sometida a los “encantos” del marido, yacía en su cama en depresión profunda.

–¡Bonita familia, Beverly! –decía su compañera de estudios en el hospital universitario de Kansas City observando una maltrecha foto que cargaba en la cartera.

–Fíjate bien, Hans. Mi hermano es el único con sonrisa sincera. Las otras son fingidas. Las mujeres Clutter vivimos presas en el corsé de la “decencia”.

Hansel reía, divertida por los comentarios dramáticos de su amiga. No sabía cuán real era la competencia, la presión y las exigencias que sufrían las muchachas Clutter, puesto que Beverly se encargaba de esconder bien los estragos que habían provocado en su carácter y en su vida.

Lo que más hastiaba a la segunda de los Clutter era la indiferencia con la que sus hermanas aceptaban el juego. Rectas, pulcras, perfectas y puras. Nunca una queja, y nunca un apoyo cuando ella esgrimía las suyas.

Hoy Beverly oprime los puños y aprieta los labios. Ha dicho que no. “No me caso con el hijo del Sr. Hart”. Su hermano arquea las cejas. Sus hermanas apartan la vista. Su padre enrojece; le sube la cólera del estómago a la sien. Ha sabido inculcar la integridad, la virtud y el decoro a sus otros hijos, pero Beverly es diferente. La oveja negra. Y el señor Clutter no puede tolerar ovejas negras en su redil, no tienen cabida en su modélica estampa. 

Se aguantan la mirada, se desafían. Y mientras Herbert libera su hebilla, Beverly toma una decisión. Los golpes de uno y el silencio de otros le ayudan a imaginar la escena: muertos, atados y torturados. Su cabeza maquina planes y su corazón bombea sangre ardiente.

jueves, 25 de enero de 2018

De mochilas y culpables

– No en tinc ni idea –li vaig contestar. Em sentia sol, envoltat de gent, abandonat. Estava bé i molt malament. Feliç de prendre decisions i trist amb les conseqüències.
– Intenta-ho –amb passivitat distant. 
Vaig meditar una estona. El meu cervell vagava per les idees sense cap direcció, entre records, pensaments estúpids i tasques pendents. 
– Culpabilitat. 
Va sortir així, del no res. Crec que va percebre la meva sorpresa, perquè va aixecar una cella i es va llençar a apuntar a la seva llibreta, segur d’haver tocat la tecla. Però per més que ho va provar, no vaig poder articular cap més paraula amb un mínim de sentit. M’havia impactat la jugada del subconscient i no vaig poder continuar. 
I aquella idea, sortida del pou negre de la inconsciència, se’m va enganxar a la pell.

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Se sienta a mi lado con mirada socarrona, de quien está seguro de manejar completamente la situación. Y de hecho, lo hace. “Si crees que voy a marcharme estás muy equivocado”. Y yo allí, con mi cara de imbécil. Pensando en karmas y destinos. Y cuanto más se compunge mi cara, más grande se hace ella. “Qué hijaputa”, pienso yo. “Ya verás, ya”, dice ella. Y sé que cumplirá sus amenazas y estará presente en cada momento y usará una y mil veces ese recurso que tanto disfruta usando… “Te lo dije”. Y su insoportable peso me recordará otra vez aquella pose, la primera, la de la mochila a cuestas y la espalda encorvada cuando me preguntaron: “¿Y la culpa? ¿Cómo la representarías?”.