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jueves, 12 de julio de 2018

La revolución de las lavadoras

0 rpm.

Cuando se me hinchan los huevos, me cago en su madre.
En la de todos los hijos de puta que me joden la vida.
“¡Tranquilo!”, me dicen, “¡Que os follen!”, les digo yo.

300 rpm.

¿Que qué hijos de puta? Todos.
Ciclistas imbéciles ralentizando el tráfico,
peatones de mierda que van sin mirar,
taxistas y coches petando la ciudad.

600 rpm.
Los putos moteros,
las putas sirenas,
el puto autobús
y la puta Renfe.
Señoras petardas,
señores babosos,
mocosos chillones,
porteros cotillas.

300 rpm.

Me dirás qué necesidad tengo
de soportar su insolente presencia,
de aguantar sus impertinencias molestas
que convierten el día en un terreno hostil.

0 rpm.

Cuando se me agria el carácter, me doy un lavado.
Suavizo todos los odios que me amargan la vida.
“¡Buen día!”, me dicen, “¡Quedad con Dios!”, les digo yo.

viernes, 2 de febrero de 2018

A sangre caliente

Beverly está a punto de perder los papeles, y eso no es bueno. Una señorita decente debe mantener la compostura. Su padre que, como hombre que es, tiene el derecho (incluso el deber) de decir lo que piensa cuando y como quiere, tiene la vena de la frente hinchada. Y eso tampoco es bueno.

Su familia era odiosa a sus ojos y perfecta a los de los demás. Esa perfección almidonada de los anuncios de cereales. Herbert era un cabeza de familia honrado y trabajador, hecho a sí mismo, siempre dispuesto a prestar ayuda a sus vecinos y aportaciones a la comunidad. De él decían que era “un hombre justo, abstemio, recto y religioso”, “y con la mano muy diestra para el uso del cinturón”, añadía Beverly mentalmente. Bonnie, hacía ya tiempo que había dejado de ser. Madre, mujer y persona, por este orden. Sometida a los “encantos” del marido, yacía en su cama en depresión profunda.

–¡Bonita familia, Beverly! –decía su compañera de estudios en el hospital universitario de Kansas City observando una maltrecha foto que cargaba en la cartera.

–Fíjate bien, Hans. Mi hermano es el único con sonrisa sincera. Las otras son fingidas. Las mujeres Clutter vivimos presas en el corsé de la “decencia”.

Hansel reía, divertida por los comentarios dramáticos de su amiga. No sabía cuán real era la competencia, la presión y las exigencias que sufrían las muchachas Clutter, puesto que Beverly se encargaba de esconder bien los estragos que habían provocado en su carácter y en su vida.

Lo que más hastiaba a la segunda de los Clutter era la indiferencia con la que sus hermanas aceptaban el juego. Rectas, pulcras, perfectas y puras. Nunca una queja, y nunca un apoyo cuando ella esgrimía las suyas.

Hoy Beverly oprime los puños y aprieta los labios. Ha dicho que no. “No me caso con el hijo del Sr. Hart”. Su hermano arquea las cejas. Sus hermanas apartan la vista. Su padre enrojece; le sube la cólera del estómago a la sien. Ha sabido inculcar la integridad, la virtud y el decoro a sus otros hijos, pero Beverly es diferente. La oveja negra. Y el señor Clutter no puede tolerar ovejas negras en su redil, no tienen cabida en su modélica estampa. 

Se aguantan la mirada, se desafían. Y mientras Herbert libera su hebilla, Beverly toma una decisión. Los golpes de uno y el silencio de otros le ayudan a imaginar la escena: muertos, atados y torturados. Su cabeza maquina planes y su corazón bombea sangre ardiente.

sábado, 18 de mayo de 2013

Robert


“Vete, vete ya, adiós, que te vaya todo muy bien, olvídame, ya no hay nada que decir”. Es lo único que pude conseguir. Entonces me fui solo. Solo. Ella también se quedó sola. Al final del camino me giré para verla por ultima vez. Ya no estaba.

Rememoro la escena mientras me observo en el espejo. Un anciano pesaroso y derrotado me devuelve la mirada.

El ceño fruncido. Un surco más profundo por cada intento de entenderlo. Aquella noche de 1940 empezó mi condena. Una y otra vez intenté suponer lo que había sucedido, adivinar porqué se había acabado, deducir cuáles eran las razones. Jamás pude confirmarlas, pues su familia partió y nunca más volví a ver a Mary. En la plantación murmuraban que se habían mudado a Chicago, donde habían montado un pequeño negocio familiar. Circulaban todo tipo de rumores: herencias, robos, mafias, trabajos sucios.

El pelo blanquecino. Una cana por cada intento fallido de olvidarla, por cada empeño frustrado de rehacer mi vida. ¿Cómo podía haberme dejado una huella tan profunda? Éramos jóvenes, dinámicos, con infinitas opciones de cambiar de rumbo. Fueron las dudas, me obsesionaron las sospechas, me enloqueció la ignorancia.

Los ojos tristes. Una capa amarga por cada lágrima reprimida. Aquella noche perdí a Mary sin más explicación que el silencio. Y con ella, la alegría, la vitalidad, el ímpetu, la juventud. Me convertí en un chico mustio y taciturno. Seguí con mi vida. O sólo lo intenté. La vida que se espera del hijo del amo y, más tarde, la que se espera del patrón. Estuve con otras mujeres. Me casé. Tuve hijos. Trabajé. Heredé la plantación. Pero todo lo hice de puntillas, con desgana. Estuve con ellas por despecho. Me casé por decoro con una arpía superficial de buena familia. Tuve tres hijos varones que nunca me inspiraron la menor ternura. Trabajé aquellas tierras que jamás sentí mías. Heredé la plantación y la empujé a la ruina, arrastrando en el proceso a familias enteras, incluida la mía.

Las densas ojeras. Una capa oscura por cada noche en vela. Vivo sólo, en la miseria, luchando por sobrevivir en una realidad que aborrezco.

El ceño, el pelo, los ojos, las ojeras, hablan de abandono e incomprensión, de preguntas y sospechas, de tristeza y apatía, de penuria y soledad. La odio por ello y la sigo queriendo. No a la Mary de 1990. A ella no la conozco, ni siquiera sé si existe. Quien me obsesiona es la hija del capataz, la veinteañera mona y lista, vital y risueña. Aquella Mary que permaneció en mis recuerdos y ensombreció mi historia.

lunes, 13 de mayo de 2013

Mary



La luz blanca del porche parpadea insistente. Contrasta con la espesa negrura de la noche en los campos de Nueva Orleans. Las cortinas entreabiertas de la ventana frontal sugieren espectadores, pero ninguno propone buscar intimidad. Es habitual que a estas horas se vigile de cerca la decencia de las hijas.

A pesar del calor, Robert viste pantalones gruesos y calza zapatos cerrados. El hijo del dueño siempre debe demostrar su estatus cuando merodea por sus dominios. Se apoya en la repisa tan cerca como puede. Le marco las distancias, pero la curiosidad del vecindario me obliga a tenerle más cerca de lo que quisiera para poder entender sus susurros.

¿Porqué?¿Cómo?¿Desde cuándo? Desesperado, me lanza estas preguntas una y otra vez, con su mirada inquisitoria y desconcertada. Con la mano en el pecho intenta calmar su dolor. No puedo responderle y esquivo sus dudas y sus miradas, en un intento de mantener la dignidad. Porque sí. Ya no te quiero. Desde hace tiempo.

¿Qué hacemos?¿Cuánto?¿Cómo? Momentos antes, mis padres deambulaban por el salón. Trajinaban satisfechos haciendo cuentas e imaginando vidas. Salió bien, repetían, salió bien. Yo, confundida, orgullosa, utilizada, asustada. Aún faltaba lo más difícil, enfrentarme a él, darle explicaciones. Pero era mucho dinero. Lo gastaremos. Todo. En librarnos del yugo.

Supe que Robert vendría. Una carta no es la manera más elegante de acabar una relación, ni siquiera a los veinte años. Ante la posibilidad de que entrara en casa, escondimos el sobre. Para Mary, rezaba el frontal. En su interior, dos razones convincentes para dejar a Robert. La primera, una carta de sus padres, plagada de sutiles insultos y encantadoras sugerencias. La segunda, más convincente si cabe, 5000 dólares. Dos condiciones: abandono y silencio.

Cuando conocí a Robert, sabía que acabaríamos juntos, por difícil que pudiera parecer. El hijo del patrón y una humilde trabajadora. Casi como en los cuentos, pero con premeditación y alevosía. Habíamos analizado sus movimientos, estudiado sus gustos y calculado los detalles.

Desde que el padre de Robert heredó la finca, mi familia vivía en la miseria, trabajaba sin descanso y soportaba su tiranía. Un amo y señor, un déspota. Mi padre juró que nos sacaría de ese agujero y nos libraría de su opresión.

Bajo la luz blanca, en la noche de Nueva Orleans, apoyados en el porche, el corazón de Robert se resquebraja y yo aguanto el tipo, segura de que es el último paso para escapar. ¿Porqué?¿Cómo?¿Desde cuándo? Desesperado, me lanza estas preguntas una y otra vez. Porque sí. Ya no te quiero. Desde hace tiempo.