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jueves, 25 de enero de 2018

De mochilas y culpables

– No en tinc ni idea –li vaig contestar. Em sentia sol, envoltat de gent, abandonat. Estava bé i molt malament. Feliç de prendre decisions i trist amb les conseqüències.
– Intenta-ho –amb passivitat distant. 
Vaig meditar una estona. El meu cervell vagava per les idees sense cap direcció, entre records, pensaments estúpids i tasques pendents. 
– Culpabilitat. 
Va sortir així, del no res. Crec que va percebre la meva sorpresa, perquè va aixecar una cella i es va llençar a apuntar a la seva llibreta, segur d’haver tocat la tecla. Però per més que ho va provar, no vaig poder articular cap més paraula amb un mínim de sentit. M’havia impactat la jugada del subconscient i no vaig poder continuar. 
I aquella idea, sortida del pou negre de la inconsciència, se’m va enganxar a la pell.

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Se sienta a mi lado con mirada socarrona, de quien está seguro de manejar completamente la situación. Y de hecho, lo hace. “Si crees que voy a marcharme estás muy equivocado”. Y yo allí, con mi cara de imbécil. Pensando en karmas y destinos. Y cuanto más se compunge mi cara, más grande se hace ella. “Qué hijaputa”, pienso yo. “Ya verás, ya”, dice ella. Y sé que cumplirá sus amenazas y estará presente en cada momento y usará una y mil veces ese recurso que tanto disfruta usando… “Te lo dije”. Y su insoportable peso me recordará otra vez aquella pose, la primera, la de la mochila a cuestas y la espalda encorvada cuando me preguntaron: “¿Y la culpa? ¿Cómo la representarías?”.

lunes, 18 de febrero de 2013

Quimeras

La-chica-de-gafas baja las escaleras que la conducen a su insípida rutina. Se dirige al andén de siempre, en el punto habitual, para subir al vagón acostumbrado. A pesar de haber recorrido miles de veces cada milímetro del trayecto, sus pasos son inseguros. Le pesan los años, la soledad, el abandono, la tristeza, la experiencia, los “y-si” y los “nunca-más”.

La-chica-de-gafas no tiene nombre. Cierto es que sus padres le pusieron uno, pero de eso hace ya muchos años y nadie lo recuerda ni muestra interés por hacerlo. Nunca ha tenido a alguien que la amara ni a nadie a quien amar. Para escapar de la amargura, imagina a un galán inventado. Es atractivo, aunque no diría que es guapo, un poco bajo y cabezón, no demasiado detallista y más bien estirado. Podría haberlo ingeniado mejor, pero hasta en sus fantasías es conformista. Hace años que permanece en sus delirios y, con el tiempo, ha conseguido perfilarlo con detalle de retratista experta.

La-chica-de-gafas suele perderse con él mientras el traqueteo del metro mece sus fantasías. Pero hoy, inexplicablemente, el aviso acústico del cierre de puertas la devuelve a la realidad y algo llama su atención desde el otro lado de la vía. Alguien. Está sentado en el vagón que circula en dirección contraria y, antes de poder reaccionar, ya parte irremediablemente con el destino opuesto y el corazón roto por no saber cómo volver a encontrar al que ella cree el hombre de sus sueños.

Enrique la sorprendió mirándolo, sentada en el vagón de enfrente, con ojos como platos. Le costó un rato reconocerla, el tiempo que su mente necesitó para poner a la-chica-de-gafas en contexto. Pero cuando se percató de porqué la conocía, su cuerpo empezó a temblar de arriba abajo y cualquiera habría dicho que había visto un fantasma. Casi.

Enrique la conocía; la conocía muy bien. Antes de ingresar en el centro de salud mental, la-chica-de-gafas se colaba todas las noches en sus sueños y los tornaba temibles y angustiantes. Ella era cínica, controladora, amargada y estomagante. Se dedicaba a perseguirlo por dondequiera que circularan sus fantasías nocturnas. Visitó a innumerables especialistas, pues llegó a horrorizarle caer en los brazos de Morfeo, donde invariablemente lo esperaba su amante forzosa. Enloqueció. Sólo su ingreso en el centro y fuerte medicación lograron borrarla de sus noches. Supuestamente recuperado, hoy retomaba su vida.

Enrique volvió a lanzar una mirada fugaz, para comprobar que realmente era ella. Allí estaba, sin ningún lugar a dudas. Con el cuerpo tembloroso agradeció partir irremediablemente con el destino opuesto y el convencimiento de volver al centro a desterrar una vez más a la que él creía la mujer de sus pesadillas.

Lo que Enrique y la-chica-de-gafas nunca sabrán es que sus quimeras se disfrazan con el rostro de aquél con el que, durante años, llevan cruzándose a diario sin que su consciencia llegue siquiera a sospecharlo.

domingo, 2 de diciembre de 2012

El dibujante y la escritora

     Retoma su trabajo después de finiquitar el cigarrillo. El cenicero rebosante y el ambiente cargado indican que no es el primero ni tampoco será el último. El entorno lúgubre y descuidado del estudio no es el más indicado para atraer a las musas, pero combina a la perfección con el aspecto desaliñado del dibujante. 

   Como inventor de realidades, alimenta excentricidades difíciles de comprender, supersticiones asociadas a su forma de trabajar. Persianas bajadas, luz blanca, pluma MontBlanc y tinta color blue royal. Su aspecto no responde a absurdas rarezas, sino a demasiadas horas dedicadas al proceso de invención. Arrastra amplias lagunas mentales que el ilustrador achaca a exprimir su imaginación con demasiada avidez. 

     Recupera la estilográfica y empieza a garabatear la siguiente viñeta. Traza su rostro, que conoce de memoria, y la sitúa sentada en su mesa de jardín, enfrascada en las teclas de su máquina de escribir. La estilográfica confiere movimiento a sus dedos y le obsequia con un precioso día primaveral. En contraste con su realidad, perfila para ella un escenario abierto y luminoso y le otorga un aspecto pulcro e impecable.

     Sin embargo, le confiere un atisbo de preocupación en la mirada. Ella también está angustiada por el destino de su obra. Los acontecimientos se suceden en su novela de forma natural, como si ella no pudiera intervenir para evitarlos, y éstos parecen dirigirse a un predecible y oscuro final para su protagonista. Bruno es un esquizofrénico descontrolado incapaz de distinguir la realidad de su prolífica imaginación. Aun con su aspecto desaliñado, puede parecer un tipo normal. Y lo fue mientras mantuvo su enfermedad a raya en los inicios de la historia, pero fue desbocándose con el desarrollo de la ficción. En este punto del relato, cuando Bruno sufre momentos de enajenación, la realidad se transforma en el escenario de sus fantasías más macabras.

     Una lágrima se dibuja con trazos inseguros en la mejilla de la escritora. Sabe que debe acabar con él. Bruno lo prepara todo para abandonar el mundo de la ficción. Pero justo antes de dar el salto se le ocurre que debería dejar una nota de despedida. Los lectores se merecen una explicación. Vuelve a su estudio lúgubre y descuidado, con el cenicero rebosante y el ambiente cargado. Se sienta en su mesa y, con las persianas bajadas, luz blanca, pluma MontBlanc y tinta color blue royal esboza su viñeta final.