–¿Pues no que la Paqui me ha llamao puta?
–¿La Paqui? ¿Qué Paqui?
–Coño, Encarna, la Paqui. La del pueblo.
–¿Qué Paqui “la del pueblo”? ¡Si en el pueblo no había paquis!
–¡Cuidao, la tía! ¡Cómo que no había paquis? La de la carnicería, Encarna. La de la calle Mayor. Que hacía chaflán con la calle Cuenca. Aquella que era vecina de la mama, que no se podían ni ver. Que le fue diciendo a todo el pueblo que el tío Paco se la miraba. ¡Ya ves tú, pobre tío Paco! Un santo, toda la vida sin conocer hembra. La Paqui, Encarna, la Paqui.
–Ay chica, no caigo.
–¡Será posible! Aquella que tuvo dos chicos, más tontos que Pichote. Que se paseaban con las vacas por dentro el pueblo. Aquel pequeño, que se metió a cura. Y el otro, el grande, que se casó con la Angelines y le dejó por tonto. Pero si se comentó en toda la comarca, Encarna, ¿no te acuerdas?
–…
–Que sí, que el padre tenía una tienda de ultramarinos en la calle Huesca. Que se las daban de grandes y no les daba ni para pipas. Que se compró aquel señor un dos caballos que se quedó tieso pa toda la vida. Y se paseaban los domingos por la plaza del pueblo, que antes se quedaban sin comer que sin presumir. Aquel que se decía que le arreaba.
–¿A la Paqui?
–¡No! ¡A la madre! Que se conoce además que aquel hombre tenía querida, que se veían en la tienda, en el trastero. Que iba la mujer con la cabeza bien alta y los cuernos bien puestos, la madre de la Paqui. La Paqui, Encarna, la Paqui.
–Ay mira, ¡que no sé quién dices! ¿Pero esa señora de qué te llama a ti puta?
–¡Señora! ¿Pues no va diciendo la mamarracha que tengo un lío con su marido?
–¿Con su marido?
–Sí, con el Jaime.
–¿El Jaime? ¿Qué Jaime?
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jueves, 15 de marzo de 2018
viernes, 12 de abril de 2013
Secreto de confesión
Observa distraído las paredes de su celda. A diario desde los últimos doce años rememora la escena, conservando intacto el odio hacia el hombre que le empujó entre rejas.
– Ave María purísima.
– Sin pecado concebida.
El eco era inevitable en la inmensa iglesia vacía. La modernidad estaba a menudo reñida con los preceptos cristianos. Pero el joven padre Andrés mantenía su pequeña parroquia con obstinación. Creía en sus votos y seguía a rajatabla el mandato de Dios.
– Dime hijo mío, ¿cuánto hace que no te confiesas?
– Años. Siglos, quizás.
La reja del confesionario le permitía al cura intuir a un cuarentón calvo, de aspecto descuidado y mirada inquietante.
– Y, ¿qué faltas te atormentan?
– Un poco de todo, padre. Soy perezoso, me encanta comer, envidio a mi vecino y me vanaglorio de mis logros. Ofendo a Dios y no voy a misa. Tengo constantes pensamientos obscenos y cometo actos impuros siempre que se dejan.
De voz grave y pausada, melodiosa, casi hipnótica, confesaba sus faltas como recitando un poema. No hacía falta ser un experto psicólogo para darse cuenta de que era una persona enferma. Pero la reja que les separaba daba seguridad al padre Andrés, ya que era el mismo Dios quien la protegía.
– Pero no vengo a confesar esas banalidades, padre. Hay algo más. La he matado.
El corazón le dio un vuelco y empezó a palpitar sin control. Dios mío, un asesino. Jamás se había encontrado en una situación en la que el deber de ciudadano y el secreto de confesión chocaban tan frontalmente. Ante el silencio del mosén, siguió confesando.
– Se lo había prometido todo, pero sólo deseaba sentir el poder de decidir hasta cuándo podría seguir viviendo. Esa autoridad me excitaba, padre. Y esta mañana me he decidido. He visto el horror en sus ojos y he disfrutado con sus berridos. Sólo Dios sabe qué se siente al tener la vida de otra persona en tus manos, por eso he venido a contárselo.
El cura estaba paralizado, martirizado por la duda. La barrera también le daba al demente el poder de hablar con Dios, sabiendo que sus palabras se perdían en el cubículo.
– Y ahora que he probado qué se siente, necesito continuar, buscar más víctimas.
La decisión golpeó la conciencia del confesor. Este tipo se podriría en la cárcel pagando por sus pecados. Se levantó con firmeza cuando el chiflado lanzó una última aclaración.
– Pero ella siempre será especial. Adela Comas, primera víctima del verdugo de doncellas.
Y eso es todo lo que recuerda mientras observa distraído las paredes de su celda. Rellenó sus lagunas con el auto policial. “Estrangulamiento y ensañamiento post-mórtem con crucifijo de plata”. El padre Andrés se reencontrará en el infierno con el psicópata demente que le quitó a su hermana.
– Ave María purísima.
– Sin pecado concebida.
El eco era inevitable en la inmensa iglesia vacía. La modernidad estaba a menudo reñida con los preceptos cristianos. Pero el joven padre Andrés mantenía su pequeña parroquia con obstinación. Creía en sus votos y seguía a rajatabla el mandato de Dios.
– Dime hijo mío, ¿cuánto hace que no te confiesas?
– Años. Siglos, quizás.
La reja del confesionario le permitía al cura intuir a un cuarentón calvo, de aspecto descuidado y mirada inquietante.
– Y, ¿qué faltas te atormentan?
– Un poco de todo, padre. Soy perezoso, me encanta comer, envidio a mi vecino y me vanaglorio de mis logros. Ofendo a Dios y no voy a misa. Tengo constantes pensamientos obscenos y cometo actos impuros siempre que se dejan.
De voz grave y pausada, melodiosa, casi hipnótica, confesaba sus faltas como recitando un poema. No hacía falta ser un experto psicólogo para darse cuenta de que era una persona enferma. Pero la reja que les separaba daba seguridad al padre Andrés, ya que era el mismo Dios quien la protegía.
– Pero no vengo a confesar esas banalidades, padre. Hay algo más. La he matado.
El corazón le dio un vuelco y empezó a palpitar sin control. Dios mío, un asesino. Jamás se había encontrado en una situación en la que el deber de ciudadano y el secreto de confesión chocaban tan frontalmente. Ante el silencio del mosén, siguió confesando.
– Se lo había prometido todo, pero sólo deseaba sentir el poder de decidir hasta cuándo podría seguir viviendo. Esa autoridad me excitaba, padre. Y esta mañana me he decidido. He visto el horror en sus ojos y he disfrutado con sus berridos. Sólo Dios sabe qué se siente al tener la vida de otra persona en tus manos, por eso he venido a contárselo.
El cura estaba paralizado, martirizado por la duda. La barrera también le daba al demente el poder de hablar con Dios, sabiendo que sus palabras se perdían en el cubículo.
– Y ahora que he probado qué se siente, necesito continuar, buscar más víctimas.
La decisión golpeó la conciencia del confesor. Este tipo se podriría en la cárcel pagando por sus pecados. Se levantó con firmeza cuando el chiflado lanzó una última aclaración.
– Pero ella siempre será especial. Adela Comas, primera víctima del verdugo de doncellas.
Y eso es todo lo que recuerda mientras observa distraído las paredes de su celda. Rellenó sus lagunas con el auto policial. “Estrangulamiento y ensañamiento post-mórtem con crucifijo de plata”. El padre Andrés se reencontrará en el infierno con el psicópata demente que le quitó a su hermana.
domingo, 7 de octubre de 2012
¿En qué puedo ayudarle?
"Buenas tardes, bienvenido a Davofone. Le atiende Teresa. ¿En qué puedo ayudarle?"
"Disculpe, caballero, pero no entiendo lo que me dice. ¿Cuál es el motivo de su llamada?"
"¿Algo terrible? ¿A qué se refiere, señor? Oiga, creo que se ha equivocado…"
"Siento ser grosera, pero voy a colgarle. ¿Se trata de una broma de mal gusto?"
"¿Qué? ¿Suicidarse? Dios mío, ¡no cuelgue! ¡NO CUELGUE! Tranquilícese un poco, señor…"
"Señor Díaz, tranquilícese. Tome aire. Estoy segura de que sea cual sea su problema, tiene solución. Quizá debería llamar a algún familiar, un amigo,… Alguien que pueda aconsejarle y acompañarle en estos momentos."
"¡No, no cuelgue! No se lo tome así, señor Díaz. Lo que quería decir es que quizá alguien más cercano a usted podrá comprender mejor su situación…"
"¿Nadie? ¿Tiene familia? ¿No está usted casado?"
"Entonces, ¿no puede hablar con su mujer? Seguro que ella lo comprenderá, sobre todo teniendo en cuenta que salta a la vista que está usted muy arrepentido de lo que…"
"¡¿QUÉ?! ¿Cómo que sangre? ¿De qué está usted hablando? Vamos a ver, señor Díaz. Estoy comenzando a asustarme de verdad. ¿Qué ha sucedido? ¿Está bien su mujer?"
"¡Dios mío! Tiene usted que llamar a una ambulancia inmediatamente para que puedan…"
"¿Muerta? Pero ¿qué es lo que ha hecho? Ay, Dios mío… Señor Díaz, creo que debería llamar a la policía. Ellos se encargarán de todo, no complique más su situación."
"¡Debe hacerlo! ¡Ha matado a su esposa! ¿Cree que nadie se dará cuenta? Además, me está llamando usted desde un teléfono móvil y su número queda registrado en nuestro sistema. Así que si no llama a la policía usted mismo, lo haré yo."
"¡Tienen sus métodos! Hoy en día estamos localizados a todas horas, nuestros datos están registrados por doquier. Seguro que podrán obtener su dirección a partir de su teléfono móvil. Quizá hasta llamen a este mismo número para pedirnos sus datos si es usted de nuestra compañía."
"¡¿Vimostar?! Pero si tienen unas tarifas carísimas y sus ofertas son una estafa… ¿A cuánto le cobran el minuto?"
"Señor Díaz, ¡eso es un atraco! Davofone le ofrece una tarifa de 3 céntimos minuto a cualquier teléfono móvil, llamadas a fijos gratuitas. Además le regalamos un Konia C215 último modelo por sólo 30 euros."
"Sabía que le interesaría. No se retire, señor Díaz, le paso con el departamento de ofertas."
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